La Constitución original. La nación original. La familia original. El yo original.
En cada caso imaginamos algo puro, oculto bajo la historia, que podríamos recuperar si lográramos impedir que el cambio lo corrompiera.
La biología cuenta otra historia.
A lo largo de la vida, nuestro cerebro reorganiza sus conexiones. Nuestro sistema inmunitario aprende con cada encuentro. Nuestras células se dividen, mueren y acumulan mutaciones. Cada uno de nosotros es un mosaico, no un original intacto. Ni siquiera nuestra memoria es un archivo. Se reconstruye cada vez que recordamos, moldeada por la persona que somos en ese momento.
Los sistemas vivos llevan su historia consigo mientras cambian de manera organizada. Siguen siendo ellos mismos sin seguir siendo los mismos.
Pero la vida no cambia de cualquier modo. Cambia en relación. Un cuerpo cuyas partes cambian sin coordinación pierde coherencia. El cáncer es crecimiento desvinculado del conjunto. La vida requiere movimiento entre partes que conserven la capacidad de responder unas a otras.
Con el yo pasa lo mismo. No está enterrado bajo sus adaptaciones. Toma forma a través de una historia de encuentros, protecciones, heridas y anhelos.
El trauma restringe ese movimiento. El sistema nervioso cambia la posibilidad por la previsibilidad, la exploración por la protección, la transformación por la supervivencia. Vivir se reduce a evitar que nos vuelvan a hacer daño.
El pasado no termina de pasar. Reorganiza el presente en torno a lo ocurrido. Repetir parece más seguro que enfrentar la incertidumbre.
Sanar no es volver a un yo original e intacto. Es tener más espacio para moverse. Es poder hacerle lugar a lo nuevo sin perder coherencia.
Lo mismo ocurre con las familias, las instituciones y las naciones. Lo que está vivo no puede preservarse negándose a cambiar. Debe llevar consigo su historia sin quedar cautivo de ella.
Lo que pasó permanece. Su poder ordenador, no tiene por qué.






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