Donde aterriza el poder
El poder aterriza en el cuerpo antes de llegar a la mente. La capacidad de resistirlo, también.
Hay momentos en la historia que se desmoronan lentamente.
Y hay momentos como este, que convulsionan.
Este momento político no es solo difícil de pensar. Es difícil de habitar. Muchos vamos por el mundo con el cuerpo en guardia y un zumbido constante de angustia justo debajo de la superficie. Vemos el titular y, antes de que alcancemos a pensar, nuestro cuerpo ya respondió. El pecho se aprieta. La respiración se agita. Los hombros se tensan. Esa respuesta condiciona lo que podemos pensar, imaginar y hacer a partir de ahí.
El cuerpo decide antes de que la mente alcance a entender.
Ahí es donde vive este momento. No solo en los titulares o en las instituciones, sino en sistemas nerviosos organizados en torno a la amenaza crónica.
Hablamos de la política como si viviera fuera de nuestro cuerpo: en discusiones, plataformas, elecciones, leyes. Y sí, ahí también. Pero mucho antes de que el poder se vuelva opinión, se vuelve fisiología. Moldea lo que nuestro cuerpo puede sostener, y eso determina lo que se vuelve posible.
El cuerpo no está fuera de la política. Es donde aterriza el poder.
Como terapeuta, lo veo una y otra vez. Lo que parece personalidad suele ser adaptación. Lo que parece lealtad suele ser obediencia. Lo que parece pasividad suele ser un cuerpo calculando, con bastante precisión, el costo de exponerse.
La mayor parte del tiempo, la gente sabe lo que está pasando. Lo que falta no es conocimiento. Es la capacidad de actuar sobre lo que ya se sabe.
Un cuerpo organizado alrededor de la amenaza no puede sostener la complejidad por mucho tiempo. Le cuesta permanecer presente en el conflicto, imaginar alternativas y mantener el vínculo más allá de las diferencias. Bajo la presión suficiente, la acción colapsa en reacción. La gente obedece, ataca, se anestesia, o simula una versión de acción que no cambia nada porque las condiciones de fondo siguen intactas.
Pensá en alguien que construyó su carrera dentro de una institución en la que alguna vez creyó. Recibe una directiva que sabe que viola los principios que juró defender. Tiene el análisis y tiene claridad moral. Lo que no tiene, en ese momento, es la capacidad de bancar el costo de disentir.
Entonces redacta la orden. Ajusta el lenguaje donde puede. Se dice a sí mismo que está limitando el daño.
Y capaz que, en algún sentido estricto, lo esté haciendo. Pero sentirse atrapado no hace menos dañina esa orden para quienes quedarán sometidos a ella. Así suele funcionar la obediencia: envuelta en mitigación, justificación y la esperanza silenciosa de que, si lo hago con suficiente cuidado, tal vez logre reducir el daño.
Su cuerpo registra el costo de lo que está haciendo: presión en el pecho, náuseas que aprendió a ignorar, un aplanamiento en el rostro y en la voz. Pero lo deja de lado. La hipoteca. El seguro médico. La pensión. La precariedad económica es la forma en que la amenaza se nos mete en el cuerpo. Todo sistema que ata la supervivencia a la obediencia lo sabe.
Nada de eso absuelve el daño.
Algunos se niegan. Objetan. Renuncian. Dicen la verdad dentro de sistemas diseñados para castigarla. Su valentía importa. Pero no desmiente la amenaza. Revela su fuerza. El costo sigue aterrizando en el cuerpo: insomnio, hipervigilancia, aislamiento, daño a la reputación.
Una persona obedece para sobrevivir. Otra se niega y la usan de escarmiento. En ambos casos, la institución se protege haciendo que el costo de la integridad sea corporal, material y público. Esto no es una falla del sistema. Es sn diseño.
Las instituciones no necesitan lealtad ideológica si pueden hacer que disentir salga demasiado caro para sobrevivir.
Una sociedad sana no puede depender del heroísmo como modelo de funcionamiento.
Una vez que lo ves en un cuerpo, el patrón salta a la vista por todos lados.
Trabajadores amenazados con represalias, inquilinos al borde del desalojo, familias que no pueden arriesgarse a perder la cobertura médica. Multiplicá eso por miles de cuerpos y el patrón se vuelve nítido. Las advertencias se tragan. Las dudas se entierran. El lenguaje se achica.
La gente se adapta a aquello que no está en condiciones de resistir. No porque nadie vea el problema, sino porque el costo de nombrarlo es tan alto. Y ese costo no se distribuye por igual. Algunos cuerpos se ven obligados a absorber más amenaza que otros simplemente para seguir siendo legibles, empleables, tener un techo o estar seguros.
Algunas personas se benefician de cómo está organizado el poder y eligen alinearse porque les conviene. No están atrapadas. Están bien ubicadas. Eso es real. Pero no es de lo que se trata aqui. Para quienes quedan atrapados en la brecha entre saber y actuar, donde disentir se ha vuelto costoso en todos los registros, la obediencia no es convicción. Es capacidad bajo restricción. Si no podemos nombrar esa diferencia, vamos a seguir pidiéndole a la gente que sea más valiente sin cambiar las condiciones que vuelven esa valentía tan costosa. Cualquier cosa que no llegue a eso no es un marco político. Es una mentira que nos contamos.
Un marco que no puede hacer esa distinción no es un marco político. Es una mentira que nos contamos.
Entonces la pregunta pasa a ser otra: ¿qué condiciones permiten que nuestro sistema nervioso permanezca lo bastante presente como para actuar sobre lo que ya sabe?
No es voluntad. No son campañas de concientización. Son condiciones.
Relaciones donde la ruptura no se convierta en exilio. Lugares de trabajo donde la franqueza no sea castigada. Instituciones que no exijan traicionarse a uno mismo como precio de pertenencia.
Esas son condiciones que producen capacidad. Bajan el costo de decir la verdad. Amplían lo que podemos sostener sin colapsar, sin represalias, sin traicionarnos.
Este es trabajo político: infraestructura que distribuya el costo de la integridad para que no recaiga sobre un solo cuerpo, un solo sueldo, un solo sistema nervioso.
Y eso sigue siendo cierto sin importar quién tenga el poder. Cualquier sistema que haga que levantar la voz salga caro y obedecer sea más seguro, entrena las mismas adaptaciones en el cuerpo. Esta no es una historia nueva. Lo que este momento ha hecho es dejar al descubierto lo que ya estaba ahí.
A una realidad política distinta no se llega solo pensando. La vamos a construir, o no. Y construir exige cuerpos que puedan mantenerse presentes el tiempo suficiente para tolerar el desacuerdo, sostener la complejidad y actuar desde un lugar que no sea el miedo.
Pero si el poder puede organizarse en el cuerpo, también puede hacerlo la seguridad. También la confianza. También las condiciones que vuelven la verdad más decible, el coraje más sostenible y la vida colectiva más posible. Eso es lo que evita que la esperanza se vuelva resignación.
Así se construye el poder. No solo en el sistema nervioso, sino en las condiciones que moldean lo que se vuelve posible.



