Día de la Madre, 14 de mayo de 1989. Uruguay.
Exactamente dos meses antes, mi padre se había suicidado.
Habíamos estado viviendo en España. Ahora estábamos de vuelta en Uruguay, dentro de esa geografía extraña del después, donde el mundo sigue en pie pero ya no se siente igual. Ni siquiera el azul del cielo.
En julio mi madre cumpliría cuarenta años.
No tenía marido. Tenía dos hijos. Tenía el dolor clavado en el cuerpo y chicos que necesitaban que el mundo siguiera girando.
Y así y todo, nos sostuvo.
Mis primera memorias de mi madre viven en mi cuerpo. Su presencia. Su atención. La sensación de que había alguien ahí. Antes de poder nombrar la seguridad, mi cuerpo la conocía a través de ella.
Ser madre después de la devastación es un trabajo al borde del colapso. Mi madre no pudo alejarnos del dolor. Pero se plantó entre nosotros y toda su fuerza. Absorbió lo que pudo. Cargó con lo que no tenía a dónde ir.
Esa manera de sostener lo insoportable no empezó con ella.
Mi abuela era feroz, brillante, difícil. Llena de amor, y también herida. Venía de un mundo donde sobrevivir exigía dureza y donde la vulnerabilidad casi no tenía lugar para existir.
Ella me enseñó una frase uruguaya que me quedó grabada para siempre: sin pelos en la lengua. Decí la verdad. Decilo como es.
Y ella lo hacía.
Hablaba con fuerza, claridad y fuego. Pero decir lo que una piensa no es lo mismo que nombrar la propia herida.
Había verdades que mi abuela podía nombrar. Otras quedaron atrapadas en su cuerpo, latiendo sin nombre.
Lo que nunca pudo nombrar fue Ucrania. Los pogromos de los que huyó siendo niña. El miedo que cruzó océanos y nunca llegó a su lengua. La historia que su cuerpo cargó en soledad, porque no tenía con quien compartir el peso.
Cuando mi abuela estaba en la panza de su madre, el comienzo de mi madre ya estaba dentro de ella también.
Una niña, antes de nacer, ya lleva dentro los óvulos que tendrá durante toda su vida.
Tres cuerpos, uno dentro del otro.
Cuando mi abuela huyó de Ucrania siendo niña, mi madre todavía no era una niña, todavía no era mi madre, todavía no era viuda. Pero su comienzo celular ya estaba dentro de un cuerpo marcado por el terror.
El pasado no estaba detrás de ellas. Estaba adentro de ellas.
Lo que no se elabora no desaparece. Encuentra otro cuerpo.
Mi abuela sobrevivió a algo que nunca pudo digerir del todo. Mi madre lo heredó no como una historia, sino como un silencio aturdidor, lleno de lo que nadie nombraba. Una zozobra que habitó desde antes de nacer, sin saber qué era.
Mi madre no cortó la línea del dolor. Ninguno de nosotros puede hacerlo. Pero digirió dentro de sí lo suficiente para que nos llegara menos en carne viva, menos cortante, menos capaz de convertirse en la atmósfera de nuestras vidas. Nos llegó más ternura de la que le había llegado a ella.
No esperó a que el dolor pasara. Fue madre desde adentro del dolor.
Y desde ahí adentro, nos hizo posibles.



